jueves, 19 de julio de 2018

El día que perdimos la conciencia


La Historia, que aunque nos enpeñemos en decir que la escriben los vencedores, tiene la costumbre de sacar a la luz trapos no solo sucios, tamibén nauseabundos. Esta historia nos ha de juzgar ferozmente como sociedad, como conjunto egoista que mira hacia otro lado mientras el mar se convierte en un cementerio, un Hades de gentes que huyen de una miseria provocada por esta perfecta sociedad, que piensa en dinero, multiplica en productividad y que cada vez más deja en manos de unos pocos lo que debería ser de muchos.

Empieza a ser habitual que cuando uno habla de estas cosas, esa bendita sociedad te posicione en radicalismos, extremismos, colorismos e incluso en barbarismos. Pero lo cierto es que mientras Occidente, maldito Occidente explota los recursos de esos países e inocula sus guerras, los beneficios de éstos no llegan a sus gentes, y aún tenemos que escuchar cantos patrióticos como que España se queda sin españoles y que vienen los Moros, alguna sarta de estupideces hay más pero no merece recalar en esos puertos.

Curiosamente estos españoles que tiemblan por España, son también ultracreyentes, pero no abonados a la solidaridad, o al querer al prójimo que predicaban las sagradas escrituras, más bien, quererse a sí mismo o a sí misma. Mientras mi tierra entra en la barrena de la despoblación con la incompetencia al timón el otrora Mare Nostrum, se convierte en un cementerio de Personas ¡Si! personas, tan sencillo como eso. No escribo más la nauséa se apoderó de mi hace tiempo cuando leo algunas cosas escritas desde mi propia Universidad.